💭¿Cómo se mide el amor?
¿Quieres saber cuánto amas a alguien? O ¿te gustaría saber cuánto te ama alguien?
¿Cómo se mide el amor?
A veces pienso que en realidad no es tan difícil medirlo… pero ¿tendrá caso?
Visualiza un incendio. Y a la persona que supones amar dentro de él. Su vida atrapada en el peligro.
¿Qué haces?
Observa tu disposición de entrar a las llamas para rescatar a esa persona. Tu nivel de interés e involucramiento, las acciones que tomas para sacarle de ahí, reflejan en proporción directa cuánto vale para ti esa persona.
Cuando no amas lo suficiente, lo piensas más para entrar al fuego, lo meditas, esperas mucho, sin considerar que el peligro por una vida crece con cada minuto que pasa. Es más complicado poner cosas en juego y poner en riesgo tu propia vida por alguien que no es un ser muy querido para ti o tu familia directa.
Si en el fuego estuviera nuestra pareja o hijos ¡no lo pensaríamos tanto!, ¿sabes por qué?, porque les amamos. Sin embargo, si es otra persona, lo más probable, es que esperemos demasiado y le dejemos el “privilegio” de ayudar a otros, a "los bomberos expertos", en lugar de involucrarnos nosotros mismos a entrar a las llamas y ayudar.
Cuando vidas están en juego, no esperas tanto, no te pones a pensar: "¿qué acercamiento será el más adecuado, conveniente o cómodo?", no piensas “voy a esperar, al ratito se pasa el fuego”... ¡actúas y ya! te involucras, entras a las llamas, estás dispuesto a ensuciarte, cansarte, quemarte, el torrente de adrenalina en tu diseño te empuja a involucrarte.
En un incendio para rescatar una vida, el amor (y no los pretextos o lo "políticamente correcto") es lo que te moverá.
¿Quieres saber cuánto te ama alguien? ¡Es igual! Es muy sencillo, solo observa lo que hace cuando te acercas y le pides ayuda, mira cómo actúa cuando le abres tu corazón y le haces parte de un problema. Si la persona está más preocupada por ser "prudente" y por no “incomodarte” con su ayuda e intervención, si lo único que quiere es evitar problemas, evita mancharse con las cenizas y quiere permanecer sin apestar a humo, si prefiere que solo tú apagues el incendio, en realidad no le importa mucho como estés tú, sino cómo se verá involucrandose en la situación, o cuánto le costará meter sus manos al fuego.
Es tan útil y tan difícil aprender a distinguir entre la prudencia y la indiferencia. Hay un abismo de diferencia entre apatía, respeto, distancia segura (o como quieras llamarle) y el verdadero amor. Quisiera aprender a visualizar esa línea tan delgada, ¡pero no se puede!, porque no podemos mirar dentro el corazón de nadie, ni siquiera en el nuestro. Es tan engañoso. No nos sale. A Dios sí. Muchas veces las acciones y no tanto las palabras o las mejores intenciones, es lo que más vale, lo que más importa.
Este ejemplo, que leí hace tiempo, lo describe muy bien:
“Si yo mirara por mi ventana en medio de la noche y viera que la casa de mis vecinos se incendia, correría hacia ellos para avisarles por todos los medios y sacarlos del peligro. No me preocuparía en absoluto causarles molestias por despertarlos en plena noche. No temería herir sus sentimientos”. (Nancy DeMoss W.)
¡Oh… cuánta convicción siento al leer eso! A mi si me ha preocupado muchas veces el “no herir los sentimientos” de alguien, muchas veces me he mantenido al margen para “no causarles más molestias” o peor aún, no causarme molestias a mi misma. Muchas veces me dejo guiar por el dicho de: “si no ayudas, mejor aléjate y no estorbes”. He visto el peligro latente o el actual desastre y no he hecho nada, no me he involucrado, no les he avisado, me he retirado, he llamado “a los expertos”, a veces ni siquiera eso. Las consecuencias han sido desastrosas. Me arrepiento.
Y justo así como dice el párrafo, en ocasiones será necesario acercarse a las llamas, estar dispuestos a ensuciarnos, apestar a humo y quizá hasta quemarnos un poco con el dolor de problemas ajenos. Cuesta mucho. Muchas veces, eso es lo que hará la diferencia. Es solo cuestión de tomar un paso de amor y fe para decirle a alguien: “¡basta!, necesitas ayuda, te sacaremos de aquí o te vas a quemar, te vas a morir”.
En los incendios hay personas inconscientes, les ha faltado ya por mucho tiempo el oxígeno, se están ahogando, no van a "poner de su parte", a veces, han perdido el conocimiento ya y serán necesarias medidas extremas. Me gusta pensar que justo eso fue lo que hicieron los 4 amigos de aquel paralítico que fueron capaces de subir y romper un techo para que su amigo pudiera tener acceso a Jesús (Marcos 2). Si tienes amigos así, da gracias a Dios y por lo que más quieras ¡consérvalos!, no son comunes. Son las manos y los pies de Cristo en la tierra.
Podemos decirle: “Me preocupo mucho por ti. Sé que estás en una situación realmente difícil. Sé que te sientes atrapado(a) y que tus emociones están fuera de control, pero debo decirte que estás en una casa en llamas, en grave peligro. Puesto que se trata de una situación desesperada, voy a hacer todo lo posible para advertirte acerca del peligro en el que te encuentras y para ayudarte a salir de esa casa en llamas antes de que sea demasiado tarde”. (Nancy DeMoss W.)
Cuando nos preguntemos: “¿Por qué le es tan difícil a algunas personas pedir ayuda?”. La respuesta más sencilla que quizá nos viene a la mente, (porque es la que se nos repite de continuo), es esta: “No piden ayuda porque son unos orgullosos”. Y quizá así sea, pero ¿sabes? Es probable que haya también otra razón, no tan fácil de detectar o comprender, no se enseña mucho de ella y quizá sea esta: A esas personas que les resulta muy difícil pedir ayuda, es porque la han pedido tantas veces ya y nadie ha estado dispuesto(a) a darselas, a involucrarse, a escuchar, a comprender en realidad el desastre en el que viven. Nadie. Ni siquiera los más "cercanos", los que se supone que deben estar siempre ahí se han involucrado en su dolor, y por ende, se han acostumbrado a permanecer en modo supervivencia, en medio del silencio, la soledad, las cenizas y el fuego. Como las personas que han vivido traumas, rechazo y abuso profundo, de todo tipo. Nadie se ha detenido a conectar una manguera para apagar el incendio, a colocar una manta sobre su espalda para que su piel no se dañe al prenderse sus ropas. Entonces, la persona continúa corriendo sola por años, trayendo varios vasos de agua como y cuando puede, para intentar sobrevivir, para apagar las llamas. Afuera, tampoco hay lluvia suficiente que apagarlas, el tiempo pasa y se le acaba la esperanza.
Me recuerda Santiago 2:15-17 donde dice; “Si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha?Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma”.
¿Cuántas veces he actuado así?
¿Qué tan muerta está mi fe?
¿Cómo has actuado con otros tú?
Estamos tan preocupados por nosotros mismos. Tan ocupados, tan inmersos en nuestros propios problemas, que no vemos los incendios que hay a nuestro alrededor. Así somos tantas veces. Ensimismados. Cómodos. Dios nos ayude.
Nadie nació quemado, ni marchito. Cuando ves personas marchitas, no tienes idea de las sequías y los incendios que han sobrevivido. De las varias personas a las que ves sonriendo por fuera, ya solo quedan cenizas. La esperanza es que Dios puede dar vida incluso a huesos secos.
También recordemos siempre que: ninguno de nosotros es salvador de nadie, ayudar, involucrarse, colaborar, no es salvar. Salvador hay solo uno. El único fiel, el que no falla, el que siempre está, el que todo lo puede. El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros (Rom. 8:32). Solo podemos aspirar a ser una mini micro extensión de Su inmenso amor. No podemos dar lo que no tenemos, no podremos dar lo que no somos. El fruto corresponde siempre al tipo de árbol que se es (Mateo 7:16).
Dios nos perdone por todos los momentos de temor o indiferencia para no involucrarnos en ayudar a otros, lo poco dispuestos que estamos para acompañar una vida que está en dolor y problemas insufribles, mucho más, cuando tenemos acceso a la fuente de agua de vida, siempre disponible y suficiente. (Salmo 36:9).
¿Oras conmigo? Amado Dios, gracias por tu enorme paciencia y misericordia. Por favor perdóname Señor. Ayúdame a enfocarme en ti, no en cuánto me han amado o en cuánto -no me han amado los demás-, ni siquiera en cuanto soy capaz de amar yo, sino en cuánto me amas tú, cuánto nos amas a todos. Ayúdame por favor a ser mucho más agradecida por tu amor inagotable, que esa sea mi única fuente de fuerza para amar mi prójimo como a mi misma. Más al que es difícil de amar.
Ayúdame por favor, sin ti, es imposible.
¿Cuál amor es el que quiero conocer y vivir? El amor que excede a todo conocimiento descrito en Efesios 3:14-21.
"Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra, para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios. Y a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros, a él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos. Amén".
¿Cómo se mide el amor? El amor es una persona, Jesucristo. Él es amor y es infinito. Veo y mido su enorme amor cuando me doy cuenta lo que estuvo dispuesto a hacer Cristo Jesús por nosotros: “el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil. 2:6-8). Se entregó todo por amor. Con la clase de amor de 1 Cor. 13.
Su amor me bastará.
Su amor nos bastará.
No necesitamos medir amores terrenales, finitos, falibles. Es y será siempre una perdida de tiempo, una desilución.
Es mejor enfocarnos en Él y amar como Él.
Su amor es suficiente para mí.
También para ti.
Que el fuego de Su amor consuma el pecado en nuestra vida y todo lo que estorba para que podamos parecernos más a Él, que purifique nuestras vidas y hogares para amar como Él ama y vivir para Su gloria, dispuestos a amarnos perdonarnos y servirnos.
(Te invito a escuchar repetidamente esta canción, es muy apropiada para donde está mi mente justo ahora: https://open.spotify.com/intl-es/track/4g64FmDjKyLLo2ztUfe1t0?si=878542cdf5674ef2)
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