Vigila la puerta de mis labios

 

Vigila la puerta de mis labios



Te aseguro que todas podemos recordar algo malo e hiriente que nos han dicho, así como cuando nos han dicho algo hermoso, lleno de bondad. Y ¿qué hay de lo que nosotras decimos?

Tristemente admito que tengo varios problemas con mi boca. He redundado, ofendido, exagerado, mentido y hablado mal. Según la Biblia ese problema es uno que todos tenemos: Porque todos tropezamos de muchas maneras. Si alguno no tropieza en lo que dice, es un hombre perfecto, capaz también de refrenar todo el cuerpo. Stg 3:2. Si también ha sido tu caso, debemos arrepentirnos y enmendarlo.

Hay otras ocasiones en las cuales debería haber hablado y me he quedado callada (por temor, indiferencia, falta de amor). Me resulta evidente que, así como hay errores al hablar, también los hay al callar, reteniendo lo que es debido ya que tenemos poder para hacerlo, por ejemplo al no testificar, instruir, agradecer, edificar o alentar.

Considero que escribir siempre será más sencillo que hablar, porque nos da tiempo de pensar, orar, leer, meditar y sobre todo pedir consejo y ¡editar! Jamás será así cuando hablamos. Al hablar no hay oportunidad de arreglo o edición, sale justo lo que se trae dentro. Por ello es importante rendir a Dios nuestro interior porque de ahí brota todo.

Una vez que soltamos las palabras ¡jamás podremos recuperarlas! Si hay tantos errores en el escribir, ¡imagina cuántos más tendremos al hablar!

Cuando leo “En las muchas palabras no falta pecado; mas el que refrena sus labios es prudente”. Viene a mi mente la estadística de que diariamente las mujeres hablamos más palabras que los hombres: me resulta intimidante ver lo propensa que soy a pecar.

Dios en Su fiel provisión siempre nos ofrece una salida ante la tentación de pecar con nuestra boca, si la Palabra menciona que podemos callar y ser prudentes, es porque es posible. Él nos puede proveer las palabras precisas para ayudar y bendecir o la fortaleza y determinación para guardar silencio en otros casos.


Ha habido ocasiones en las cuales no me siento tan “capaz” de refrenarme, o mejor dicho tan “dispuesta”, es ahí cuando no sólo puedo sino debo clamar a Dios por Su ayuda, por mansedumbre y dominio propio, confiando en que Él responderá; en otras ocasiones será necesario que abra mi boca para animar, agradecer, exhortar, bendecir y adorar, aunque no me sienta con “ganas” de hacerlo. Parte del amar es hablar, orar, amar, involucrarse.

¡Oh, cómo necesitamos hacer esta oración cada día!: “SEÑOR, pon guarda a mi boca; vigila la puerta de mis labios” Sal 141:3. Que cada día lo vivamos bajo Su dirección, dependiendo de Él en cada circunstancia, pues es Él quien lo gobierna todo.

Preguntémonos esto continuamente, para examinar y evaluar nuestra condición:

¿Uso mis palabras para bendición y edificación de otros?

¿Es mi hablar respetuoso? ¿Mis palabras edifican o derrumban? ¿Imparto gracia a quienes me escuchan? (Ef. 4:29-32)

¿Hablo mal de otras personas? (Stg. 4:11) ¿Respeto a los hombres?

¿He dejado a un lado el odio, la ira, la amargura y las malas palabras?

¿Qué siembro en los oídos y corazón de las personas? (Flp. 2.1-4).

¿Están mis palabras sazonadas de honra y honor?

Pudiera resumirlo en esta pregunta: ¿Son mis palabras un reflejo del amor a Dios y al prójimo? Si me dieran una grabación de todo lo que he dicho el último mes, o la última semana, incluso el día de hoy ¿sería la grabación fruto de la templanza, amor y dominio propio o sería efecto de las hormonas, sentimientos y arrebatos?

Sólo Dios en Su infinita misericordia puede llenar nuestra boca de palabras para compartir el Evangelio, palabras que edifiquen, que levanten, que enseñen, animen, instruyan, que agradezcan y bendigan.

¡Por favor perdona nuestros errores y ayúdanos, Señor! Confiamos en ti.

Día 22. Sé animada a través del Viaje de los 30 días a través del Manifiesto de una Mujer Verdadera a hablar con sabiduría.

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Artículo escrito por Reyna Orozco Meraz para el Ministerio Aviva Nuestros Corazones ® www.avivanuestroscorazones.com

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