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Reseña del libro Esperanza en medio del dolor

 

Reseña del libro Esperanza
en medio del dolor



¿Cómo conservar la esperanza en medio del sufrimiento, enfrentando dolor crónico o de las duras circunstancias que nos hacen sentir atrapadas y no cambian? Quizá tú o alguien a quien amas está enfrentando lo inimaginable y parece no existir esperanza. ¿Qué hacer?¿Qué decir? ¿Cómo ayudar? Leí este libro en cuanto fue publicado, fue un regalo que desconocía cuánto necesitaba, pensé que ya estaba experimentando «suficiente dolor» pero no tenía ni idea del que vendría después a mi vida (y ¡quizá aún me falte!). Dios me estaba preparando (y lo sigue haciendo).

«Esta esperanza es un ancla firme y confiable para el alma...» Hebreos 6:19

Espero que tú también encuentres ánimo en el libro «Esperanza en medio del dolor» (disponible ya en español y en inglés), escrito por Kristen Wetherell y Sarah Walton. Las autoras han sido de inspiración y aliento para mi, pues me han apuntado a Cristo y Su Palabra. Cuando ves sus fotografías, jóvenes, hermosas y sonrientes, no te imaginas ni por un momento los oscuros valles que han tenido que atravesar (¡y que aún siguen caminando ahí!). La sabiduría y madurez que han adquirido en la tormenta les ha equipado para consolar. La primera vez que escuché a Sarah hablar, no podía parar de llorar. Dios la usó de una forma inesperada para traer esperanza y consuelo a mi alma. El dolor te hace sensible al sufrimiento de los demás. 

 

El libro, no es un testimonio de su pasado, de su «milagro de sanidad» o «una colección de anécdotas de una prueba superada», sino es un relato continuo de cómo siguen aferrándose a la esperanza que da el Evangelio en medio del dolor y la enfermedad. 

Es necesario que aprendamos a poner nuestras circunstancias a la luz de la Palabra, para verlas con los ojos correctos y que sometamos nuestras vivencias ante el gran panorama divino, sobre todo las dolorosas. Sin una teología correcta del sufrimiento no podremos resistir, seremos movidos de un lado a otro, en pensamientos y sentimientos, sin tener un ancla firme que nos sostenga en un mar de inestabilidad.

Si necesitas recordar cómo aferrarte al Evangelio en medio del sufrimiento (físico o emocional), este libro es para ti. En 30 reflexiones bíblicas cortas, ellas abren su corazón de una manera transparente, cruda y vulnerable sobre las pruebas que han enfrentado, al mismo tiempo que la esperanza de Dios las ha sostenido. 

Varios recursos populares y no bíblicos sobre la enfermedad, terminan por hacerte sentir más triste al decir mentiras como estas: «si no sanas es porqueno tienes la suficiente fe para sanar», «no has orado/ayunado lo suficiente», «todo depende de tu actitud y las ganas que le pongas», «tan sólo visualízate sana». Contenidos seculares de «autoayuda» te hacen promesas huecas de que «todo estará bien» y «pronto pasará». Al sufrir, no necesitas más cosas con las cuales desilusionarte, necesitas que te hablen con verdad. 

Estoy agradecida de que tengamos recursos sobre el sufrimiento que sean bíblicos y prácticos. Fui exhortada a ser fiel a pesar y del dolor y en medio de él, de manera cálida y empática. En sus páginas encontramos no solo una historia sincera o un listado de consejos prácticos, sino verdades fuertes para sostenernos en medio de lo caótico. 

Al ser llevada directo a la Palabra, a través de escritos cortos y digeribles, encontrarás reflexiones bíblicas, preguntas y oraciones breves, así como un espacio para que puedas escribir tus propias meditaciones (tipo «diario»). Serás reconfortada, comprendida y retada a no negar, ignorar o desperdiciar tu sufrimiento, sino usarlo y rendirlo todo para la gloria de Dios. Te animo a leer o compartir este material a personas que están experimentando dolor, sobre todo por enfermedad (temporal o permanente). 

Te comparto algunas frases del libro:

  • Lo que necesito, y lo que tú necesitas, es la verdad acerca de Jesucristo, porque nuestro sufrimiento solo tiene sentido cuando nos vemos a nosotras mismas a la luz del evangelio. Y solo así podremos vivir con esperanza.
  • La realidad es que el dolor físico o emocional, especialmente cuando es crónico, tiende a eliminar las máscaras que solemos usar, dejando nuestros corazones al descubierto y amenazando nuestra autosuficiencia.
  • Cuando somos humilladas y dependemos completamente del Señor mientras atravesamos nuestro desierto, Él nos enseña a recordar, incluso en tiempos de comodidad y abundancia, que lo que más necesitamos no es nuestra propia fuerza o sabiduría, sino Su fidelidad y Su poder.
  • El dolor nunca es placentero, pero nada puede compararse al dolor de una eternidad sin Dios. Así que mi dolor hoy es solo una pequeña muestra de aquello de lo cual he sido salvada. ¿Cuánto más podremos captar la hermosa y gloriosa promesa de una eternidad con nuestro Salvador, libre de dolor, cuando tenemos un recordatorio diario de aquello de lo cual hemos sido salvadas?. Esta verdad del evangelio es tu seguridad y confianza cuando las presiones del sufrimiento parezcan demasiado grandes e imposibles de soportar.
  • Necesitamos el evangelio de Dios para sufrir bien. Lo necesitamos cada día, y nunca más que cuando la vida duele. Mientras más lo entendamos, y mientras más lo recordemos, más precioso será para nosotros. Sin el evangelio, el sufrimiento no tiene sentido (¡y este libro tampoco!). El evangelio es lo único que puede transformar nuestro sufrimiento.
Dios no solo quiere librarte de tu dolor, sino que tengas esperanza en medio de tu dolor. Nos cuesta ver esta esperanza cuando estamos enfrentando los momentos más duros de nuestra vida, pero esa esperanza es nuestra en Jesucristo, ¡y es maravillosa!

1 Lee sus artículos en español en los enlaces de autoras de los blogs Mujer Verdadera y Maestra Verdadera de Aviva Nuestros Corazones. También hay una serie de 3 días en Revive Our Hearts disponible en inglés, cuando esté disponible en español, la encontrarás en el podcast de la página.
2  Esperanza en Medio del Dolor. Poiema Publicaciones por Kristen Wetherell y Sarah Walton Medellín, 2018.
3 Posición 225 en Kindle.
4 Posición 579 en Kindle.
5 Posición 2299 en Kindle.
6 Posición 593 en Kindle.
7 Posición 555 en Kindle.

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Artículo escrito por Reyna Orozco Meraz para el Ministerio Aviva Nuestros Corazones ® www.avivanuestroscorazones.com

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Lo que se rinde al sembrar

 

Lo que se rinde al sembrar


¿Alguna vez te has puesto en los zapatos de un sembrador? De todas las actividades a la que se pudiera dedicar, ha elegido un trabajo que requiere mucho esfuerzo y cuyo fruto no depende completamente de su labor. Sembrar no es una ocupación muy vistosa o aplaudida. Nunca he visto a gente reunida alrededor de un sembrador sorprendida al ver sus técnicas.

Los sembradores no son populares, no tienen club de fans, ni viajan por el mundo. Ellos simplemente son fieles y constantes en trabajar su tierra. Ellos valoran el fruto en lugar del reconocimiento.

¿Has sembrado alguna vez? Mis abuelos lo hicieron por años y sé que no es glamuroso ni cómodo. Si lo intentas, sentirás cómo la tierra te ensucia y el sol quema tu piel. Tus músculos quedan muy adoloridos por el continuo levantarse, agacharse, recoger, regar, abrir la tierra, caminar. ¡Es mucho esfuerzo! Sembrar exige condición y entrega.

Sembrar no es la actividad económica más remunerada del mundo. A muchos de los sembradores les pagan un salario mínimo. Sembrar requiere vocación, dedicación e interés en algo más valioso que las finanzas.

Sembrar demanda mucha espera y paciencia.

Cuando colocas la semilla en el suelo y la cubres con tierra, muere, no sabes dará vida, crecerá y florecerá, mucho menos si dará mucho, poco o nada de fruto. Puedes regarla, pero su crecimiento no depende de ti. El lento progreso de las raíces no se ve. Sembrar implica fe.

“Yo planté, Apolos regó, pero Dios ha dado el crecimiento. Así que ni el que planta ni el que riega es algo, sino Dios, que da el crecimiento. Ahora bien, el que planta y el que riega son una misma cosa, pero cada uno recibirá su propia recompensa conforme a su propia labor. Porque nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios.”- 1 Cor. 3:6-9

Porque quiero ser colaboradora con Dios, elegí sembrar a pesar de la dificultad que implica. Estoy invirtiendo mi vida en lo eterno. ¡Cómo quisiera ver el fruto de mi esfuerzo al siguiente día!, pero el crecimiento y la madurez precisan tiempo. La razón por la cual estoy dispuesta a trabajar y cansarme sembrando es porque sé que es una misión importante, con un futuro y una esperanza.

Me siento identificada con los sembradores. Lo que hago con mi vida, es una siembra. Mis años los estoy y estaré dedicando a sembrar. Me estoy entregando por completo, estoy sembrando semillas y cuidando plantitas. Sólo Dios y los involucrados cercanos saben lo que hago, no hay reporteros, sólo Sus ojos. Barbecho, arranco hierbas, abono, fertilizo, pongo cercos, espanto animales, mato plagas, coloco la semilla, la riego cada día. Oro, medito, pienso, observo, clamo, sonrío. Recuerdo Mateo 13 y los muchos escenarios que afectan la cosecha.

Si me permites confesarlo, a veces me espino y lloro. A veces el sol, el aire, la tierra, el desaliento, lo inesperado, son elementos que me agotan. Muchas veces me canso y siento que no puedo más. Es ahí donde el poder de Dios es manifiesto y se perfecciona en mi debilidad (2 Cor. 12:9).

Tengo constantes recordatorios de que sembrar es una labor que me queda grande, que no soy la más capacitada y que es una misión que exige más de lo que tengo para dar. El crecimiento sólo lo dará el Señor. Imagino cómo al pasar de los años recordaré todo este trabajo, sudor, dedicación y tiempo en estos campos y respiro alegre al estar contenta, feliz y satisfecha. No, no sé si yo alcanzaré a ver los resultados o sólo otros los disfrutarán, pero sabré que habrá valido la pena sembrar. La recompensa no será quizá tangible o visible a los demás, pero sé que vendrá. “Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla; Mas volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas.”- Sal. 126:6


Sembrar siempre cuesta.

Se siembra compartiendo el evangelio, sirviendo a pequeños en tu iglesia o comunidad, cuidando a personas enfermas, educando hijos, sirviendo a los más vulnerables, enseñando a otras mujeres, sirviendo a un esposo o hijos con discapacidad, sirviendo en tu iglesia, aconsejando con la Palabra, llorando con quien sufre. ¡Hay tantos ejemplos de fieles acciones hechas con amor! (Me gustaría escuchar tus ideas para sembrar en otros en la sección de comentarios).

Sembrar implica rendición, te lleva al límite, pero la cosecha y el fruto para la gloria de Dios, lo vale. Sigamos sembrando. Dios es el mejor compañero, el mejor inversor, ejemplo y guía que podamos tener.

Hazlo personal:

¿Qué estamos sembrando? ¿En quiénes nos estamos invirtiendo? ¿Anhelas sembrar? ¿Estás dispuesta a tomar una labor invisible, no admirada ni envidiada, poco o nada remunerada? ¿Elegirás algo considerado como más “cómodo, divertido o exitoso" con beneficios rápidos y tangibles? ¿Estarás dispuesta a invertir en lo eterno? Te invito a orar y rendir lo que sea necesario.

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El matrimonio no es el remedio para la soledad

 

El matrimonio no es el
remedio para la soledad


“Me siento sola.” Es un pensamiento recurrente en mi mente y corazón. Lo tenía al estar soltera y quizá te sorprenda escuchar que aún estando felizmente casada (con un hombre que ama a Dios y a mí), es una experiencia que me sigue visitando. Quizá te desconcierte, porque no se esperaría que una esposa cristiana dijera tal cosa.

Esa sensación recurrente me golpea en oleadas, a veces despacio y otras muy fuerte. Si lo has vivido, sabes que es un sentimiento profundo, doloroso y persistente. A veces es vívido y a veces es sólo un espejismo. La necesidad que provoca estos sentimientos está diseñada para que anhelemos a Jesús como amado compañero.

He escuchado a amigas solteras idealizar el matrimonio, creyendo la mentira que un esposo será la solución para su soledad. Quisiera sentarme a conversar este tema con cada una de ellas. Aunque el matrimonio es una gran bendición, una persona jamás te podrá dar la satisfacción completa. No llenará tus vacíos existenciales.

Cristo es la única persona que nunca te defraudará.

Un hombre puede ser un amoroso y comprensivo compañero; puede proveerte seguridad y apoyo. Pero la realidad de una vida de trabajo y actividades demandantes te demostrará que no puedes esperar tener a una persona todo el tiempo cerca de ti. Además, el corazón humano es insaciable. Ningún ser humano es suficiente. Mi esposo no es el remedio para mi soledad. Él no es omnipresente, así que no puede estar en todo momento y lugar conmigo. Habrá ocasiones en que lo necesitaré y no estará ahí, sea emocional o físicamente. El único que puede proveer compañía constante y amor eterno es el infalible, inmutable, omnipresente Dios.

Las mujeres que han enviudado, y las que tienen un matrimonio difícil, pueden conocer esto de primera mano. Amar al esposo no es igual a depender de él como si fuera Dios. Si eres soltera, no creas la fantasía de un matrimonio que resuelve tu soledad y sacie tu sed. Si eres casada, no creas la mentira que la soledad (real o percibida) nunca tocará a tu puerta.

Cristo es la única persona que siempre te llenará.

Todo lo que busques fuera de Él para satisfacerte fallará. Llegará el momento en que te des cuenta que ni tu esposo, ni tus hijos, ni tus amistades podrán llenar tu soledad. Ninguno de ellos es Dios. Cuando dejes de imponer expectativas irrealistas sobre ellos, no sólo descansarás tú, sino que ellos también. Experimentarás menos desilusión y frustración. No buscarás en una persona descanso, consuelo, ni soluciones a los problemas en tu interior.

Para algunas, el matrimonio es la meta de la vida. Pero no debe ser así. El matrimonio es una de las muchas maneras por las cuales Dios nos santifica. Es un centro de entrenamiento contínuo para poner nuestros ojos en Él y acercarnos más a Él. Si eres soltera, comienza a vivir bajo esta verdad: Dios usa tanto la soltería como el matrimonio para que te parezcas más a Cristo. Él es quien puede satisfacer tu soledad. Él sigue siendo la respuesta. Necesitas seguir dependiendo de Él, no de una persona.

La soledad en el matrimonio es provocada en parte porque el estar casada expone de una manera más clara el egoísmo e inseguridad, y los ídolos del corazón. Cristo ofrece esperanza de victoria cuando rendimos cada área de nuestra vida a Él. Tú necesitas menguar para que Él crezca y sea formado en ti. Esta es la única forma confiable de llenarte y mitigar tu soledad.


Hazlo personal. Ya que tenemos claro que el matrimonio no cura la soledad y un hombre no puede salvarnos, ¿qué haremos?. Más que quedarnos nostálgicas, llorando y lamentando, podemos:

  • Acudir a Dios en oración, orando la Palabra. Empieza orando Salmo 25:16-18 de todo corazón: "Vuélvete a mí y tenme piedad, porque estoy solitario y afligido. Las angustias de mi corazón han aumentado; sácame de mis congojas, mi aflicción y mis trabajos, y perdona todos mis pecados".
  • Abrazar sus promesas: Lee Mateo 28:20: "y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo".
  • Memorizar la Palabra: Recuerda que los sentimientos son cambiantes, las emociones son intensas. No te permitas engañar o abrumar. Aférrate a la verdad para que tengas llena tu mente de ella cuando lleguen esos momentos complicados: “No temas, porque yo estoy contigo; no te desalientes, porque yo soy tu Dios. Te fortaleceré, ciertamente te ayudaré, sí, te sostendré con la diestra”. Is. 41:10
  • Buscar ayuda y consejo.  Acércate a personas sabias y abre tu corazón.

Oro que la sensación de vacío que pudiéramos sentir con fiereza en distintas etapas de la vida nos lleve a Él, a la roca más alta, fuerte y disponible. Que las relaciones que tengamos sean santificadas; que caminemos en amor, humildad, sencillez de corazón, agradecimiento y dependencia solamente a Cristo, manantial de vida, el único que satisfacerá la sed de compañía, amor y comprensión. Enfoquémonos diariamente, preguntándonos: ¿En qué me centraré hoy? ¿En mi sentimiento de soledad o en Cristo y lo eterno? Esto marcará la diferencia.

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Quietud y silencio

 

Quietud y silencio


“Oh Dios, no permanezcas en silencio; no calles, oh Dios, ni te quedes quieto”. Sal. 83:1

Qué gran tranquilidad es para mí, leer este versículo, saber que alguien experimentó lo mismo que estoy sintiendo y se atrevió a orar de esta forma. En la vida hay momentos así.

Sí, a veces pienso que Dios prefiere callarse y no decir nada respecto a muchas decisiones y circunstancias específicas que atravesamos.

A Dios no Lo podemos engañar, Él lo sabe todo. Es normal sentir desesperación y pedir respuestas cuando las necesitamos tanto. Es válido insistir, preguntar y derramar ante Él nuestro corazón.

Es genuino acudir sincera y humildemente a dejar toda nuestra ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de nosotras. 1 P. 5:7.

Puede ser que en ocasiones nos parezca que el Señor se queda inmóvil cuando consideramos que debería moverse más rápido, cuando no sólo queremos, sino necesitamos Su intervención divina.  A veces oramos muy amablemente: calmadas, y en otras ocasiones en total desesperación: ¡clamando! Podemos descansar en que, en todo tiempo, en Su mano está nuestra vida. Sal. 31:15.

Creo que aún en el silencio Dios nos habla y nos quiere compartir muchas lecciones.

Medito y considero que quizás...

  • Está diciéndome que también guarde silencio y Le disfrute en quietud, mientras contemplo cómo Él va encaminando las cosas hacia Su perfecto plan, orquestado, definido y elegido por Él. Animándome a que descanse, me goce y Le alabe durante la espera.

  • Quiere que comience a confiar más en Él y menos en lo que considero que Él debe hacer y cuándo debería hacerlo; y en su lugar, me empuja con ternura a depender totalmente de Su provisión.


Esas son solo algunas de mis suposiciones en la lista de “quizás” que mi mente finita jamás sabrá. Lo que sí sé es que, en los momentos de aparente silencio, Dios me provee de muchas lecciones: la oportunidad de crecer en fe, en comunión con Él, de ser agradecida por todo lo que me da y sobre todo de confiar en su Soberanía, en Su plan eterno (aun cuando los detalles mínimos no estén disponibles).

Nosotras jamás podremos tener un panorama completo de la vida como Él lo tiene.

Al voltear atrás y recordar diversas etapas de mi vida, puedo observar un patrón: cuando Dios ha parecido guardar silencio y aparentemente ha estado más “quieto”, es cuando más Lo he escuchado, cuando más lo he experimentado y más lecciones me ha enseñado, pues ha sido en esos momentos cuando he entendido que Él está a cargo totalmente de mi vida sin que le estorbe mi intervención. ¡Qué paciente ha sido conmigo!

Esperemos. Confiemos. Oremos. Él ha sido bueno y fiel, por siempre lo será, Él no cambia, Él nunca falla.

¿Y tú? ¿Estás o has estado en uno de esos momentos donde quisieras escuchar Su voz? ¿Te encuentras en ese camino con tantas opciones por delante y teniendo que tomar decisiones importantes? ¿Crees que Dios pareciera guardar silencio, estar quieto y no intervenir tan rápido como quisieras? ¿Cuáles han sido Sus lecciones? No estás sola, varias pasamos por ahí.

Te invito a orar: Gracias Jesús por Tu eterno amor y fidelidad, por Tu oído atento a mi oración. Ayúdame a serte fiel, sin importar lo que pase a mi alrededor. Deseo escucharte y conocerte más a través de Tu Palabra. Aún en los aparentes silencios deseo confiar en Ti plenamente, recordaré en cada instante de incertidumbre, que Tú tienes todo bajo control y eres Quien sostiene y sustenta mi vida, en medio de todo.

Día 19. Toma Viaje de los 30 días a través del Manifiesto de una Mujer Verdadera, al mismo tiempo que oras que Dios use cada situación para moldearte a Su imagen.

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Yo antes de ti | Una invitación a la eutanasia

 

Yo antes de ti | Una
invitación a la eutanasia


Es oportuno escribir sobre esta película, ya que detrás de una historia muy emotiva y conmovedora, presenta una ideología muy clara, que intenta moldear toda una generación. Abre el camino a muchas otras películas, implantando este mensaje poco a poco en la sociedad, hasta que la mayoría lo acepte, como ya han hecho con muchas ideologías autodestructivas.

¿Cuál es esa ideología?

La película no solo presenta el típico mensaje a favor de la eutanasia de “Cada quien puede decidir qué hacer con su vida”, sino que muestra toda una ideología, cuyo valor más alto es “vivir la vida al máximo” o más específicamente, “obtener el máximo placer en la vida”.

Para que esto haga sentido, por supuesto, hay que aceptar como verdad que no hay una vida eterna, ni un Dios al que daremos cuentas, que simplemente existiremos por el tiempo que dura esta vida.

 

Dando como un hecho este argumento, la película plantea las siguientes ideas:

  1. No tiene sentido vivir si no se puede disfrutar a plenitud de las cosas que este mundo ofrece.

  2. Una vida de servicio a los necesitados es un desperdicio, pues nos ata a ellos, impidiéndonos “vivir al máximo”.

  3. Actúo más “amorosamente” si evito ser un obstáculo para que otros “vivan a plenitud”.

Esta película busca implantar la siguiente ideología en las personas que sufren de algún impedimento en sus vidas, y en sus familiares:

  1. Tu vida ya no tiene el mismo valor que las personas “normales”, pues no puedes disfrutarla como los demás.

  2. Además, es un estorbo para que la gente que amas viva al “máximo”.

  3. Lo mejor que puedes hacer por ti y por ellos es quitarte del medio, serás un héroe al “sacrificarte” y decidir morir por “amor” a ellos.

A la luz del Evangelio ¿Cómo podemos evaluar esta ideología?

Esta ideología sólo cobra sentido si creyéramos que no existe un Dios ni una eternidad. Si así fuera y dado que sólo existimos por 40, 60 u 80 años, vale la pena “sacarle todo el jugo” que podamos a la vida en la tierra, pero si hemos descubierto la verdad de que hay un Dios justo y amoroso, nuestra vida en la tierra tiene un objetivo muy diferente.

  1. Dios puso eternidad en el corazón del hombre (Ec. 3:11). El ser humano durante toda su historia, ha tenido el conocimiento intuitivo de que fue hecho para vivir más allá de su vida terrenal. El tema del libro de Eclesiastés, es precisamente que Salomón (su autor), experimentó con todos los placeres de esta vida, encontrándolos vanos (huecos o vacíos). Ninguno pudo darle una felicidad prolongada. Este vivir la vida al “máximo”, es una utopía, no trae felicidad duradera al corazón. Personas que se han dado a este tipo de vida, han comprobado que no satisface el alma, otros aun teniendo mucha “abundancia” se han suicidado o terminado adictos a drogas o conducta autodestructiva. Rechacemos esta ideología y abracemos la conclusión de Salomón al final de explorar todo placer en la vida terrenal: “El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre.” Ec. 3:13.

  2. Si decides vivir tu vida para Dios, aun sea una vida de sufrimiento y limitaciones, tiene un gran valor. Tu valor no lo define tu capacidad de disfrutar esta vida o de “ayudar” a los demás a que lo hagan. Tu vida tendrá más valor y será más plena, no sólo ahora sino por la eternidad, si la dedicas a conocer a Dios y darlo a conocer a los demás. “Así dice el Señor: No se gloríe el sabio de su sabiduría, ni se gloríe el poderoso de su poder, ni el rico se gloríe de su riqueza; mas el que se gloríe, gloríese de esto: de que me entiende y me conoce, pues yo soy el Señor que hago misericordia, derecho y justicia en la tierra, porque en estas cosas me complazco — declara el Señor” Jer. 9:23-24. Tenemos muchos ejemplos de personas cuadripléjicas, ciegas y otras múltiples limitaciones que, a pesar del gran dolor, han llevado una vida plena al conocer a Dios, ayudando y siendo un ejemplo y ánimo para quienes sufren o no cosas similares.

  3. La Biblia nos llama a seguir el ejemplo de Jesús, al tener una vida sacrificial sirviendo a los demás, a quienes sufren, o tienen necesidad, no estimando una vida cómoda o de placeres como algo a qué aferrarnos. Si alguien tenía una vida placentera a Su disposición era Él, pero se despojó de ella para ser un siervo humilde y sufrir la muerte a nuestro favor. “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” Flp. 2:5-8. Una vida para servir a nuestro prójimo no es una vida desperdiciada; dedicarla a buscar el placer personal, sí lo es.

La perspectiva cristiana y la humanista son totalmente opuestas. Si no hay un Dios “comamos y bebamos que mañana moriremos”. Pero si existe, entonces vivamos dedicadas a conocerle a Él y a prepararnos para la eternidad, vivamos sirviendo a los débiles, a quienes sufren y a los indefensos. Que aquellos que no conocen a Cristo no puedan comprender nuestra vida.  “Si hemos esperado en Cristo para esta vida solamente, somos, de todos los hombres, los más dignos de lástima”.  1 Co. 15:19

¿Cuál es el objetivo de esta ideología?

Muestra una descarada invitación al que sufre a sacrificarse y terminar con su vida, en pos de quienes aún pueden “disfrutarla”. En lugar de que los fuertes “se sacrifiquen” por los débiles, en actos de amor y servicio (que de hecho no deberían ser vistos como sacrificio alguno, sino como una extensión del amor y la misericordia divina), con mucha creatividad y sensibilidad, se le pide al débil que se sacrifique por el fuerte y desaparezca.

Este concepto no es nada nuevo. A nombre de “disfrutar la vida o autorrealizarse”, las mujeres han sido convencidas de despreciar su rol de esposas y madres, cambiando el servicio sacrificial por la “realización”, sacrificando así la vida o el futuro de los más pequeños e indefensos. Hemos sido convencidos como sociedad de sacrificar a los no nacidos en pos de nuestra comodidad. Y ahora es natural que sigan las matanzas de los que no se pueden valer por sí mismos.

Ya se ha convencido a la sociedad a no tener hijos y a matar a los que “accidentalmente” conciban. En múltiples países ahora se tienen más muertes que nacimientos, su población va a la baja. El problema será que en unos años habrá muchos ancianos que mantener por parte de pocos jóvenes que serán económicamente activos, es por esto que la eutanasia se presenta como “solución” y se quiere implantar como algo heroico.

Es triste que quienes deben actuar como héroes, nos pidan ser sus héroes. En lugar de luchar por el débil, le piden al débil que simplemente se sacrifique por el fuerte, por quien puede “vivir al máximo”.

¿Qué podemos hacer como cristianos?

Hacer una lucha política en contra de la eutanasia será de poco valor. Quien cree que sólo existimos durante esta vida no entenderá nuestros motivos. Quien tiene como máximo valor el “disfrutar al máximo de la vida” no entenderá nuestros argumentos.

Apelemos a lo absurdo de este máximo valor como lo hizo Salomón en Eclesiastés. Confrontemos esos pensamientos con la luz del Evangelio, despertemos la conciencia de que hay un Dios, que intuitivamente lo sabemos, que vivir para este mundo nunca ha satisfecho el alma de nadie. Presentemos el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, Su muerte en la cruz como la respuesta a una vida vacía y sin propósito.

Vivamos vidas radicales en servicio sacrificial que ellos no puedan entender. Encarguémonos de los niños, los desvalidos, los ancianos, a quienes, aquellos que siguen la corriente de este mundo no van a amar y mucho menos encargarse. Mostremos el amor radical de nuestro Señor, amando a quienes el mundo considera estorbo. Quizás muchos en nuestra sociedad sean impactados y convencidos a llevar una vida que fuera de la existencia de Dios, no tiene sentido.

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