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Esperanza para una mamá que se queda en casa

 

Esperanza para una mamá
que se queda en casa




Nadie tiene una vida fácil o predecible. Si estás leyendo esto, seguramente te encuentras en alguna situación difícil. La duda acecha: ¿Podré con esto? ¿Cómo seguir adelante? ¿Tendré lo que se necesita para criar a estos niños? He visitado muchas veces ese solitario lugar, donde el cansancio agobia, donde surgen tantas preguntas cuando las cosas se complican, donde se requiere mucho trabajo y fe. ¿Estás tú también ahí?

Ser mamá es un trabajo arduo y retador que nos lleva a nuestros límites. Quedarse en casa como «mamá de tiempo completo», no hace que la carga sea menos. Personalmente, es una de las cosas que más fortaleza emocional, física, mental y espiritual ha requerido de mí. Me ha hecho más consciente de mi dependencia del Señor, de cuánta sabiduría requiero cada día para edificar mi casa (Prov. 14:1). Invertir en el hogar es un gran honor y privilegio, pero muchas veces me siento incapaz (y reconozco que lo soy) de ocupar este rol.

Escribo desde una silla de ruedas, donde he estado los últimos meses. Los médicos dicen que pasaré los próximos meses con más cambios incómodos y un largo tiempo de rehabilitación. Un accidente no estaba en mis planes. Y aunque esperamos y confiamos en que todo esto pasará, no podemos negar cuánto dolor y sufrimiento hemos experimentado a causa de esto, y otros ajustes familiares. Ha sido un tiempo de muchas dificultades y reflexión.

Durante esta prueba, y también muchas veces como mamá, he sentido que no puedo resistir. La cultura valora lo poderoso, lo productivo, y lo autosuficiente, todo lo que en este momento no me caracteriza. Necesito ayuda para alcanzar cosas, para moverme, para prácticamente todo. También necesito mucha ayuda para ser mamá.

Pensé que no podría, es un arduo entrenamiento

Desde que tomé la decisión de quedarme en casa, años atrás, empecé a reconocer otras incapacidades que tengo. Mis mayores estorbos son el egoísmo y el temor. Comprendí muy pronto que el rol de mamá sería uno de los mayores retos de mi vida y que no estaba entrenada o preparada para enfrentarlo. He necesitado mucha ayuda y consejo. Ningún entrenamiento universitario me capacitó para ser mamá, ni para enfrentar las dificultades que pasa una familia.

Cada mamá tiene sus retos. Estoy en la trinchera y mi historia como madre aún no termina. Me encuentro cada día en un continuo y arduo entrenamiento. Enfrento cada día las mismas luchas que tú y otras mamás que se quedan sembrando en su hogar: esfuerzo, preguntas, trabajo, pruebas, enfermedad, pequeñas «grandes victorias» y muchísimas lecciones. Enfrento las críticas de los que piensan que debo abandonar esto, salir y buscar un trabajo «real».

Su gracia es suficiente

Como mamás nos resta un gran camino por delante y seguramente encontraremos muchas curvas. Pero en Cristo, cada día hay esperanza porque Su gracia es suficiente.

El no poder moverme bien me ayuda a encomendarme cada día al Señor. Lo necesito de una manera más real para resistir en esta prueba, incluso más que un aparato ortopédico o la ayuda de otras personas. Esto me ha recordado que seré incapaz de continuar en mi tarea de mamá si no estoy consciente de mi dependencia de Dios. Si olvidamos esto, terminaremos exhaustas y lastimadas, haciendo las cosas en nuestras propias fuerzas. Estaremos confundidas, sin dirección ni propósito.

En espera de un galardón eterno

Quiero ser una mamá presente, dedicada y fiel, aunque nadie me vea, aunque nadie me admire, aunque nadie me pague, aunque nadie me aplauda. Mi remuneración como mamá quizá no sea social, emocional o económica, pero sí será eterna. Espero que tú también decidas hacer todo como para Dios, para la audiencia de uno (Col. 3:23).

Me llena de esperanza el saber que aún cuando me siento discapacitada, como ahora lo estoy físicamente, me puedo apoyar en Él. Él me sostiene con esa esperanza futura cuando me siento débil como mamá (2 Cor. 12:9). Cuando no sé qué hacer, Él me guía. Cuando siento desmayar, me alienta. Cuando tengo dudas sobre lo que vendrá, Él es mi certeza.

Invierte tu vida en lo valioso

Si estás en enfermedad, discapacidad, dificultades económicas, problemas emocionales, o retos familiares en la etapa de la maternidad, te recuerdo hoy el gran privilegio y oportunidad que es invertir tu vida en amar, edificar y servir a tu familia. Él nos puede llevar de la mano guiándonos en el proceso, incluso en silla de ruedas y a pesar de todas nuestras carencias. Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican, por muy capacitados que se sientan (Sal. 127:1).

Para poder invertir correctamente, tenemos que estar en la Palabra, cultivando una relación y comunicación continuas con el Señor, en oración. Ser mamá es un rol que se puede llevar a cabo bien solamente confiando en Él. Tu mejor actitud no será suficiente; necesitas constante intervención divina.


Te invito a encontrar contentamiento en hacer justo lo que esta etapa de tu vida requiere. Invierte en tus hijos, siembra gozo y esperanza en tu hogar, formando seres humanos que amen y den gloria a Dios y sirvan a los demás.

La decisión que tomamos de quedarnos en casa quizá no sea la más común, la más sencilla, la más aceptada, o la más accesible. El trabajo será lento e invisible. Veamos o no el fruto de nuestras labores, agradezcamos la fiel y constante ayuda del Señor. Es mi oración que cada día demos gloria al Señor, amando y sirviendo, pase lo que pase, a pesar de todo, sin claudicar.

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Artículo escrito por Reyna Orozco Meraz para el Ministerio Aviva Nuestros Corazones ® www.avivanuestroscorazones.com

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Ricas en buenas obras

 

Ricas en buenas obras

En una cultura que exalta la comodidad e individualismo, aún hay mujeres ricas en buenas obras, quisiera que pudiéramos clonarlas, pero quizá lo que tenemos que hacer es aprender de ellas, replicar el amor que dan para que otras generaciones también aprendan a amar.

Mi abuela paterna, Eunice, sirvió gran parte de su vida a los desamparados y desnutridos, siempre cocinaba en enormes cantidades y con un sazón increíble. Lo hizo por años en un comedor para niños indígenas que fundaron en la sierra tarahumara, donde eran misioneros, en un área donde sigue habiendo mucha pobreza en mi Estado. Cada día ella preparaba comida para cientos de niños y niñas que caminaban grandes distancias para tener al menos esa comida en sus vientres. Imagina lo cansado que era y la fe que requería cada día.

Yo cocino diario sólo para nosotros que somos una familia de 4 miembros y cada vez que se me ocurre pensar que “es cansado o complicado”, pienso en ella y en cómo Dios suplió cada una de sus necesidades de fuerza y alimento. Ella falleció y está por fin donde ya no hay hambre, tristeza o dolor, en su funeral me compartieron personas (incluso desconocidas para mí, que viajaron de lejos), hermosas historias de cómo ella fue de bendición en sus vidas en tiempos difíciles.

Mi abuela materna, Elvira, tiene un corazón dadivoso y siempre tuvo un hogar de puertas abiertas. Al ser viuda, sabía lo que era la necesidad y el trabajo duro. Tanto dolor no la amargó, sino que la hizo crecer en compasión. Siempre está dispuesta a hospedar. Recuerdo cómo personas de muy bajos recursos la visitaban simplemente para tener qué comer. Aunque no le sobran los medios, está siempre dispuesta a compartir de lo que tiene. Actualmente sigue ayudando y cocinando para otros ancianos que viven cerca de ella, cose mandiles y otras prendas de vestir para regalar y siempre comparte la Palabra de Vida y sus fervorosas oraciones con otros.

Yo podré tener menos años y quizá más fuerza que mis abuelas, pero quisiera mucho más de su actitud, siendo de la generación que valora la independencia y privacidad, necesito pensar e inspirarme en tantas historias y testimonios de ellas, de cómo han sido un rayo de luz, esperanza y fe en la vida de otros.

Mi mamá, Lucila, fue una niña pobre y huérfana que conoció de primera mano las carencias. Ella es conocida por su su arduo trabajo, buenas obras y buen sazón, sobre todo por su gran deseo de ayudar y que nadie sufra hambre. Desde que tengo memoria ha tenido el sueño de tener un comedor dónde alimentar a personas en necesidad, no lo tiene aún, pero el no tenerlo no la ha detenido, ella ha hecho lo mejor que puede con lo que tiene a la mano, caminando, desde su auto, debajo de un árbol, en medio de la tierra y el sol, visitando los refugios y las “casas” de cartón,  compartiendo alimento continuamente y cosas en los lugares más inhóspitos y sucios que te puedas imaginar, invirtiendo de todo, sobre todo tiempo.

Recuerdo que muchas veces cuando alguien tocaba a la puerta a pedir ayuda ella no sólo le daba un paquete de galletas o algo fácil como una lata de alimento, sino que se detenía y le cocinaba, le calentaba y le servía comida. Recuerdo las expresiones en las caras de muchas personas. He visto desde niña su trabajo y enseñanza con niños y adultos pobres y sucios, anhelantes de alimento físico y espiritual. Hasta la fecha ella cocina mucho para todos, recoge donaciones de ropa, alimentos y muchas cosas que le donan para llevarlos a las orillas pobres de mi ciudad y repartirlas también a pequeños poblados más lejos donde hay mucha pobreza y también hace visitas a hospitales de bajos recursos. Ha hecho cosas así desde que tengo memoria, en su cumpleaños prefería regalos en efectivo no para gastarlos en ella, sino para poder ayudar más.

Yo no tengo ni una cuarta parte de su fuerza, iniciativa, entusiasmo o su vigor. Cuando veo todo lo que hace no comprendo cómo puede con tanto trabajo.

Te cuento el ejemplo de estas 3 mujeres muy cercanas a mí, pues no me alcanzaría el espacio para nombrarte también a todas las mujeres con las que convivo que están haciendo tesoros en el cielo: mujeres que enseñan, que sirven, que han adoptado huérfanos, que cocinan para otros y visitan hospitales, que dan clases de música y estudios bíblicos en la cárcel, que dan clases gratis a huérfanos, que aman a los ancianos y a los extranjeros, que están de misiones, que ayudan a las viudas, a madres solteras a mujeres y niños maltratados. Cada quien, desde su esfera de influencia, haciendo lo que Dios les ha puesto por delante.


El legado de estas mujeres es como un altavoz divino que me recuerda lo que es importante. Pudiéramos decir: “es que yo me abrumo con todo eso pues no tengo el don de la misericordia, ni el de la compasión, ni el de dar”, pero en realidad eso sería como decir: no tengo amor para dar. Si tenemos la fuente inagotable del amor, todos podemos hacer algo por la viuda, el huérfano, el necesitado. Podemos hacer algo desde nuestra esfera de influencia. Algunas irán, otras cooperarán con las que van, otras aportarán sus recursos o su voluntariado con los que lo hacen de tiempo completo, pero todas podemos hacer algo. Siempre puedes orar, dar, tener compasión e involucrarte de alguna manera con las personas en necesidad.

¿Acaso no nos gustaría escuchar estas palabras cuando el Rey venga?: “En verdad os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos hermanos míos, aun a los más pequeños, a mí lo hicisteis.” Mt. 25:40

Estamos tan conscientes y enfocadas en nuestras propias necesidades, problemas, carencias, antojos, gustos y expectativas que esto nos impide darnos cuenta de la condición de los demás. A mí me falta mucho para ser rica en buenas obras, definitivamente quiero hacer tesoros en el cielo ¿y tú?

Cuéntame por favor de esas mujeres que te rodean que son ricas en buenas obras, me gustaría que todas nos animáramos al escuchar sus testimonios, que aprendiéramos de ellas y también pudiéramos detenernos a orar por sus vidas. Puedes considerar el compartirle este artículo a una de ellas y agradecerle cómo te ha inspirado a amar y servir a los demás.

DÍA 29. El Viaje de los 30 días a través del Manifiesto de una Mujer Verdadera te anima a dejar el egoísmo a un lado y a considerar a los demás como más importantes.

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Artículo escrito por Reyna Orozco Meraz para el Ministerio Aviva Nuestros Corazones ® www.avivanuestroscorazones.com

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¿Qué debemos preguntarnos al hospedar?

 

¿Qué debemos preguntarnos al hospedar?


Lo más natural para mí, es pensar en todos los ajustes e inconvenientes que trae consigo el hospedar; sin embargo, si creo en la Palabra de Dios, creeré también que hay bendición en hacerlo.

La hospitalidad es una característica divina en la cual debemos enfocarnos y procurar practicar. Pedir a Dios que nos ayude a ser como Él, disfrutando poner la vida por otros.

Hoy te invito a pensar en:

¿Qué aspectos debemos EVITAR
al considerar la Hospitalidad?

Hacer esta buena obra para ser vistas por los hombres.  Recordemos que siempre debemos vigilar las intenciones del corazón al hospedar, discernir si se hace para ser visto, admirado y aplaudido por los demás o para mostrar una apariencia de piedad, esa será la “recompensa” (Mt. 23:56:2).

Que el gozo y la satisfacción dependa del número de personas que se hospeda y sirve. Si tu gozo no está en Cristo, sino en lo que “haces por Él o para otros” entonces esa buena obra está en el lugar incorrecto, sin importar cuántas veces la hagas, nunca estarás satisfecha.

Condenar a quien no hospeda. Ro. 12:13 nos menciona sobre la importancia de compartir para las necesidades de otros, es una manera en que como creyentes podemos mostrar el amor; sin embargo, no debemos condenar a aquellos que no lo hacen sino enfocarnos en hacer nuestra parte y animar a los demás a hospedar, pero no condenarlos o pensar que son menos espirituales por no hacerlo.

Poner primero a los huéspedes que a la familia. La Palabra menciona que es agradable delante de Dios primero mostrar piedad para con nuestra propia familia (1 Ti. 5:48) si hay más esfuerzo y entusiasmo en atender huéspedes que a la propia familia, se debe comenzar a poner las prioridades de la vida en orden.

Hacerlo por tradición u obligación. Dios bendice al dador alegre, al abrir las puertas de tu casa y de tu vida a otra persona, estás dando de tu tiempo, dinero y esfuerzo. Si no hospedamos con alegría puede ser que sigamos siendo de ayuda para las personas hospedadas, pero quizá nos quedemos sin la bendición de Dios.




Hacer acepción de personas. Generalmente preferimos a las personas que nos caen bien, que nos son agradables, conocidos, disfrutables. La Palabra elogia cuando nos conducimos fielmente prestando algún servicio a los hermanos, en especial a los desconocidos (3 Jn. 5) esa aclaración me asombra.

Aun queriendo hacer la voluntad de Dios, me doy cuenta de lo inmersa que estoy en esta cultura egocéntrica, tiendo a enfocarme en lo mío y olvidar que hay otras personas a las cuales puedo tener la bendición de atender y servir. Que por temor a equivocarnos no perdamos la bendición de mostrar hospitalidad.

El que en He. 13:2 mencione que no nos olvidemos de la hospitalidad, es porque tendemos a hacerlo (yo reconozco que lo olvido). Quizá como a mí, también te resulte más común o sencillo enfocarte en otro tipo de buenas obras, aun así no debemos olvidar la hospitalidad.

Me pregunto cuántas veces habremos rechazado la oportunidad de hospedar ángeles porque nos ha parecido imposible o poco oportuno en ese momento.

Este pensamiento de John Piper me conmovió en gran manera:

“La gracia es la hospitalidad de Dios dando la bienvenida a pecadores; no por la bondad de ellos, sino por Su gloria. Debemos nuestra vida eterna a la gracia, misma que es la disposición de Dios de glorificar Su libertad, poder y riqueza mostrando hospitalidad al pecador”.

¿Seremos hospitalarias como Él?, ¿buscaremos pretextos para no serlo? o ¿lo haremos mal, a nuestra manera?

Oremos que ante la próxima oportunidad, podamos obrar conforme a Su ejemplo.

Día 24. Toma el Viaje de los 30 días a través del Manifiesto de una Mujer Verdadera y recuerda siempre la importancia de la hospitalidad.

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Brindando hospitalidad a los amigos de tus hijos

 

Brindando hospitalidad
a los amigos de tus hijos


Varias veces, personas me han dicho que soy muy “tonta” al tener continuamente la casa llena de niños, pues prácticamente siempre somos el centro de reunión de vecinos y amigos de nuestros hijos, además de que en otras ocasiones también cuido los niños de amistades que tienen horarios extendidos de trabajo.

Ellos creen que soy “tonta” o que “se aprovechan de mi” por todo el trabajo extra que adquiero al tener más personas en casa (pues es obvio que hay más desorden, gastos, comidas que preparar, limpieza necesaria, atención que dar, etc.).

Me gustaría compartirte que además de ese trabajo extra, esa apertura y acercamiento me ha permitido: la bendición de conocer de cerca a los amigos de mis hijos, involucrarme en sus vidas, amarles, servirles, cocinarles, darles un consejo, orar por y con ellos, invitarlos a actividades Cristocéntricas, abrazarlos y darles un vistazo de cómo es una familia cristiana.

Por otro lado, otros consideran que es algo “lindo” qué hacer, pero me han dicho que no creen poder hacer algo similar ya que ellos no son “tan pacientes”. Si me conocieran bien, sabrían que su percepción no es real. Antes de que tú también imagines algo que no soy y generosamente me regales varios bondadosos adjetivos calificativos (que obviamente no merezco) deja que te aclare que sí me canso,  que no tengo “superpoderes”, que nunca me gusta la condición en la cual queda mi casa luego de que las visitas se van, que no cuento con una persona que me ayude con las tareas domésticas, que sí hay ocasiones en las que preferiría estar sola durmiendo o también socializando con personas de mi edad, que muchas veces me desespero, me irrito, que algunas veces quisiera salir corriendo y otras llorando y te repito: siempre me canso (¡y mucho!). Aun así, créeme: hay gran bendición en hacer esto.


Cada vez que un pequeñito o pequeñita está aquí y puedo escucharle, limpiar sus lágrimas, abrazarle, consolarle, animarle, cuando puedo darme cuenta de lo necesitados que están de amor y atención, me alegra mucho el que sepan que pueden venir a nuestro hogar y que lo vean como un refugio, pero sobre todo quiero apuntarlos a Cristo, el Único Refugio que necesitan.

Esta palabra ha sido de ánimo y aliento para mí, cada vez que precisamente me piden agua ¡y cuando la derraman también! “En verdad os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos hermanos míos, aun a los más pequeños, a mí lo hicisteis.” Mt 25:40.

Quizá no estés en el campo misionero, pero tienes uno en tu hogar, en tu sala, en la cocina, en el frente de tu casa o en tu patio, míralo como lo que es: un campo árido que necesita gotas de amor del Salvador y además como un centro de entrenamiento para tus hijos, en cualquier etapa de vida que estén, para que aprendan a mostrar hospitalidad, a servir, soportar, tolerar, compartir y amar.

Oremos que Dios nos permita aprovechar las oportunidades de bendecir a otros incluso con las incomodidades que se presentan. Seamos un instrumento de gracia para la siguiente generación. Te animo a abrir tu hogar para conocer, amar y servir a los amigos de tus hijos.

Me encantaría escuchar de ti: -Si puedes comparte en los comentarios cómo incluyes e involucras intencionalmente a otras personas en tu vida, podemos aprender unas de otras-

Día 24. Toma el Viaje de los 30 días a través del Manifiesto de una Mujer Verdadera, y sé animada a la hospitalidad.

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Hospitalidad Intencional

 

Hospitalidad Intencional



¿Qué piensas cuando escuchas el término “Hospitalidad Intencional”?

Yo relaciono la palabra intencional con la palabra planeado, premeditado, organizado. Para mí, ser intencional es buscar continuamente oportunidades de algo, hacerlo con propósito, con una meta, procurando que nuestras acciones tengan un objetivo, siendo conscientes, constantes, consistentes.

Como hijas de Dios nuestro objetivo y propósito es “glorificar a Dios y gozar de Él para siempre” en todo lo que hacemos y decimos, ¡qué gran meta! glorificarle siempre con fervor e intencionalidad.

Entonces ¿Qué tiene que ver todo esto con la hospitalidad? Que podemos glorificar a Dios, gozarle y reflejarle, extendiendo Su amor a través de la hospitalidad.

Algo llamó mucho mi atención de este versículo: Contribuyendo para las necesidades de los santos, practicando la hospitalidad. Ro. 12:13 y es que la palabra “practicando” está en presente continuo, es algo que se hace continuamente, y si necesitamos hacer algo repetidamente es porque aún no lo hemos dominado o porque debemos perseguirlo.

No me considero la persona más hospitalaria del mundo, me falta mucho para que sea una actitud común en mi vida, sobre todo estar lista siempre para recibir a otros. Todo esto me parece un enorme reto, aún más en esta etapa de mi vida.

Y ante todo, tened entre vosotros ferviente amor; porque el amor cubrirá multitud de pecados. Hospedaos los unos a los otros sin murmuraciones. 1ª P. 4:8-9.

Ferviente no sólo es ser deliberado, es añadirle gusto, devoción, voluntad, entusiasmo y pasión. ¿Tú también quieres ser así?

Al leer este versículo de Pedro sé que no podré ser hospitalaria fervorosa e intencionalmente por “mis fuerzas y aguerrida voluntad” sino que requeriré la intervención divina. Su perfecto amor será mi estímulo y lo que me motive a hacerlo sin murmuración ni queja.

Debemos anhelar practicar una hospitalidad intencional y sincera, no sólo para tachar un punto en nuestra lista de “requisitos de la vida cristiana” sino que surja naturalmente por amor a los demás, por la vida de Cristo en nosotros.

Reflexiona en algunas ideas para practicar una hospitalidad intencional. Te invito a que miremos a nuestro alrededor y actuemos al respecto, te pregunto:

  • ¿Quiénes están experimentando soledad que pudieras recibirlos para ser un apoyo, compañía y amistad para sus vidas? (abre los ojos y busca a las viudas, huérfanos, madres solteras, estudiantes de intercambio, adultos con el nido vacío, personas que acaban de perder un ser querido, a los nuevos en la iglesia o comunidad) ¿Cómo les harás parte de tu vida?

  • ¿A cuáles no creyentes puedes invitar a tu vida, a tu casa, a tu iglesia para experimentar a Cristo?

  • ¿Con qué personas puedes reunirte para animarles en su vida cristiana?

  • ¿A quién de la próxima generación puedes integrar en tus actividades para enseñarles lo que te ha sido dado?

  • ¿Con quién puedes reunirte para planear juntos actividades de amor, servicio y edificación a otros?

  • ¿A quién pudieras invitar a casa para escucharles, mientras comparten alimentos, aconsejarle en gracia y verdad y luego terminar la noche orando juntos?

 

Ser hospitalario no sólo es abrir tu casa con el fin de ayudar cuando viene tu familia de fuera, o cuando hay un evento y solicitan una recámara extra para dormir. La hospitalidad no sólo es para bendición del huésped, sino que puede ser de enorme bendición para el que abre las puertas de su casa, si discierne los propósitos de Dios al hacerlo.

En la hospitalidad intencional habrá al menos uno que será el receptor de la bendición y el otro que servirá como instrumento de Dios para bendecir, reflejando bondad, favor y gracia.

Ser hospitalario intencionalmente va más allá de las necesidades apremiantes de un hogar o de la necesidad de compañía y esparcimiento, más bien es enfocarnos en los propósitos del reino.

Jamás subestimes una reunión en tu hogar, llena de ferviente amor, oración y propósito. Oremos que Dios nos permita buscar oportunidades de bendición continua e intencionalmente.

Día 24. Toma el Viaje de los 30 días a través del Manifiesto de una Mujer Verdadera y medita sobre hospitalidad intencional.

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